“Todas hieren, la última mata”.

El reloj de sol de la torre de la iglesia de Urrugne (País Vasco francés) acoge sobre su piedra este lema tan fatalista que impresionó a Pío Baroja y citó en sus obras Inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox (1901), Zalacaín el aventurero (1909) y en sus memorias Desde la última vuelta del camino (1944), entre otras.

Ya para entonces, en su primer libro editado Vidas sombrías (1900) incluyó el cuento El reloj. La idea del inexorable paso del tiempo, asociada con los tañidos de un reloj monótono y triste, le venía obsesionando. Y el reloj sombrío que mide indiferente las horas tristes se había parado para siempre”.

“Han sonado ya muchas campanadas en mi alma y en mi corazón, las manillas de ese reloj que ignora la marcha atrás”, leyó Camilo José Cela en el inicio del discurso por la concesión del Premio Nobel de Literatura de 1989 , recordando el “lema estremecedor” del reloj que trasladó a la pared de la casa de su “viejo amigo y maestro Pío Baroja, que se quedó sin el Premio Nobel porque la candelita del acierto no siempre alumbra la cabeza del justo…”, lo que sin duda se entendió como un nítido homenaje ante la Academia sueca al novelista vasco que optara sin éxito a la concesión del mismo Premio Nobel y, de paso, un recordatorio al Rey de Suecia de la carta que en 1946 él mismo le había escrito solicitándosela.

 Idéntico parecer el que transmitió Hemingway (Premio Nobel 1954) a Baroja, en la visita a su casa de Madrid el día 9 de octubre de 1956, pocos días antes de morir:

“Permítame rendirle este pequeño tributo, a usted que tanto nos enseñó a quienes, cuando éramos jóvenes, queríamos llegar a escritores. Lamento el hecho de que usted no haya recibido el Premio Nobel, sobre todo cuando fue otorgado a tantos que lo merecían menos, como yo, que no soy más que un aventurero”. A lo que Baroja, muy enfermo, respondió: “¡Caramba!”. Esta es la traducción que el propio Camilo José Cela transcribió en el Número VIII, del Tomo III de su Revista literaria Papeles de Son Armadans. El texto original en inglés había aparecido en la sección People de la revista Time, de 29 de octubre de 1956.

 Quizá Hemingway no conocía bien el ansia aventurera de Baroja. Leemos en “País vasco”, de su libro Fantasías vascas. Colección Austral (1941), lo siguiente:

           “Yo siento un profundo desdén por la vida de las ciudades, por las redacciones de los periódicos, por los saloncillos de los teatros, por el público de los estrenos, por la política, por todas esas cosas que constituyen lo que se llama civilización.

           En cambio, guardo dentro de mí, como una de esas piedras preciosas incrustadas en el frontal de un santo, un sueño cándido y heroico, infantil y brutal. Es un sueño guerrero, un sueño de hombre de selva. Yo me veo por los montes de Guipúzcoa o Navarra al frente de una partida, viviendo siempre en acecho, en una continua elasticidad de la voluntad, atacando, huyendo, escondiéndome entre las matas, haciendo marchas forzadas, incendiando el caserío enemigo.

           Yo me veo de cabecilla, con cuarenta o cincuenta hombres, entrando en las aldeas a caballo, la boina sobre los ojos, el sable al cinto, mientras las campanas tocan en la iglesia.”

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